Wikisubtitles
En estos tiempos tecnológicos de auge de las TIC, cualquier día uno se levanta con la idea de montar un proyecto en la red, lo mismo como un portal en el que colgar cortos videos o un software que permita crear y editar subtítulos con facilidad. Y lo mismo puedes dar el pelotazo de tu vida que encontrarte con un petardo que amenace con hacer volar todo lo que tienes. Misterios de internet.
Una parte del problema en que se ha convertido esto de los “derechos de autor” es que el concepto bajo el que se crearon está obsoleto, no ya desde que se creó internet, sino prácticamente desde que el cassete vio la luz por primera vez. Yo casi apuntaría que las bases legales de la propiedad intelectual quedaron desfasadas desde el momento en que la cultura dejó de ser algo exclusivo de las élites y pasó a formar parte del acervo popular. Y, si nos fijamos en algunos de los más escandalosos casos de “defensa” de los derechos de los autores, queda patente que la popularización de la cultura es incompatible con el mantenimiento de ciertos conceptos jurídicos. Conceptos que, por otro lado, se han ido adaptando vía doctrina y/o jurisprudencia a las nuevas realidades, como se puede apreciar en los últimos tiempos en sentencias que han reconocido las licencias copyleft como jurídicamente válidas. Afortunadamente y aún en nuestro encorsetado sistema continental, aunque las leyes no cambien en siglos existe una cierta autonomía para evitar que se desvinculen de la realidad social. El problema, claro está, es que algunos tienen una visión algo distorsionadilla de esa realidad.
Y sea porque la compañía que gestiona los derechos de una popular mascota decida que ya está bien que todas las fiestas del país tengan su dinosaurio púrpura sin pasar antes por caja; porque un director tenga que pagar más dinero del que ha recaudado porque filmó una película en la que su protagonista silba durante siete segundos una canción cuyo autor murió hace décadas – y dejaremos para otro día el espeluznante caso del Bolero de Ravel -, o sea porque miles de películas, libros y documentos sonoros antiguos se van a perder irremediablemente por la imposibilidad de copiarlos legalmente, el caso es que las interpretaciones demasiado estrictas – o peinadas para el lado que nos interese, según cómo – dan lugar a casos descabellados en los que lo que está en peligro no es el derecho de los autores a una remuneración o a un reconocimiento, sino la cultura misma como parte del tejido social.
