La verdad es que nunca me he atrevido a hacer una entrada sobre la prostitución, principalmente porque es un tema que toca ciertos aspectos muy oscuros de nuestra personalidad: la objetificación de la mujer es uno, claro, pero también la represión sexual, la marginalización de ciertos colectivos, la doble moral… acercarse a este debate desde una perspectiva feminista da miedo, porque siempre puede surgir uno de los fantasmas que aún tenemos interiorizados en nuestra educación patriarcal.
Tratar el tema de la prostitución desde el punto de vista del que está fuera es un poco como tratar la cuestión de la situación de la mujer en países islámicos o la pobreza y el conflicto en países en desarrollo: nos falta empatía para abordar el problema de una forma óptima y sin caer en el colonialismo o el paternalismo.
Recuerdo que en el viaje de fin de curso del instituto fuimos a Amsterdam y, cómo no, tocaba el consabido paseo por el Barrio Rojo. Yo no sabía explicar la razón, pero a mí esa visita no me hacía ninguna gracia, y una vez en ella descubrí por qué: uno no veía alegres jovencitas desplegando sus encantos cual pescadera intentando vender un mero; lo quese veía eran mujeres cansadas, lánguida, expuestas como maniquíes ante la mirada divertida y burlona de un grupo de colegiales que las veían como un degradado atractivo turístico. Esa es en fin la imagen que tenemos de la prostitución: las mujeres que la ejercen son, o bien inocentes víctimas de crueles redes explotadoras, o bien súcubos devaluados, seres que pervierten la buena moral de la sociedad. En cualquier caso, la cosificación no les hace ningún bien.
Entiendo que la regulación permite sacar de la marginalidad a un porcentaje considerable de mujeres que ejercen la prostitución, aunque seguirá habiendo explotación como sigue habiendo trabajadores sin contrato, vendedores ambulantes sin licencia o tráfico de medicamentos sin receta. La regulación no evita en ningún caso la ilegalidad, pero sí palía las peores consecuencias de ésta. Por eso estoy a favor de regular el sector, pero por otro lado creo necesario continuar con la pedagogía y el cambio de mentalidad social que busque estigmatizar el demandante de sexo por dinero, que al fin y al cabo no hace otra cosa que ejercer una malsana relación de poder y perpetuar la hipersexualización y la objetificación de la mujer. En ese sentido, las iniciativas de ayuntamientos como el de Figueres, que castigan sólo al cliente, son un paso positivo, pero no hay que olvidar que detrás de la prostitución no hay una profesional que ejerce la elección de una carrera, sino que casi siempre se trata de una actividad de subsistencia que se toma como último recurso. Eliminar la demanda mediante fuertes multas no saca a las mujeres de su situación de marginalidad. Es loable que el consistorio de Figueres proponga otras medidas que buscan la asistencia al colectivo de prostitutas, pero habrá que ver si esas medidas son suficientes.
No tengo conclusión al respecto: en todo caso recomendaría debatir la solución con aquellas (y aquellos, que también los hay) que tienen más a perder con cualquier medida impuesta desde arriba.